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sábado, 9 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad

Érase que se era una ciudad de cielos naranjas, gaviotas enloquecidas y hormiguitas tristes, a la vera de un río con nombre de mujer. Allí habitaba una Sirena, hoplita invernal, morena de tez y cabello, exiliada de sí misma. Hacía tiempo que tejía redes, telas, que enmarañaran al Hombre de Ojos Ámbar por el que suspiraba. Poquito a poco, se decía, sin prisas, él caerá y cruzará por fin el puente azul que nos separa. Eso ella pensaba. Pero he aquí que una Roca se interpuso en su camino, una montaña alta y hermosa, de mirada glauca y piel atezada. Fue él quien trepó el camino, escaló el puente, lo cruzó sin esperarlo, él, el que no era pero fue. Y entre la Sirena y La Roca se encendieron los cielos y ardieron los hielos y enmudecieron las alarmas. Así, durante cinco años de un amor extraño e intenso, a veces ajeno, a veces no. Pero ha ya rato que la Roca se interpone en otros caminos. Abrupta. Desde entonces la Sirena se ha perdido, buscando de nuevo el mar. Los cuentos no siempre tienen un final feliz.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Damnatio memoriae

Habrá que ser tenaz. Decidida, borrar cada uno de sus rasgos. Apenas se recuerdan ya sus manos, quizá que trepaban muslos. Quedan aún su sonrisa y sus ojos, la mirada glauca. Solo un esfuerzo más, y se perderán en la memoria de lo decididamente no vivido, la que es mi castigo, la que no criba. No seré libre. Tampoco feliz. Respiraré.

martes, 3 de octubre de 2017

Cumpleaños

Siete años ya en Polonia, casi todos en esta ciudad hambrienta que es Varsovia.
Mucho se ha quedado por el camino, y hoy no soy siete años mayor, soy siete años más vieja.
Alicia canosa e incrédula.
 

sábado, 30 de septiembre de 2017

Malcomer

Picatostes con los que calmo el ansia de la soledad.
Quizá mañana sea el turno de las tortitas de relleno. 
Vuelvo a los sabores de mi infancia para apaciguar esta pena.
Al final ser mayor no es sino cocinarse las tristezas.
Falta mamá a mi vera.

martes, 4 de julio de 2017

Na Zamenhofa

El hombre que no me ama recuesta su cabeza en un cojín viejo, rojo.
Está cansado. 
Ha estado trabajando en un artículo que no termina de cobrar forma.
Pronto irá de viaje. Eso le entretiene.
El cielo vibra en el húmedo calor varsoviano.
Huele a pesadez.
Aún no sabe quién le cuidará las plantas.


El hombre que no me ama se sienta ante el ordenador: necesita algo de música que le distraiga. Jazz, ¿quizá Miles Davis? Estalla la trompeta.
Deambula por los escasos 20 metros cuadrados que le sirven de guarida, fingiendo que cambia de un ala a otra de la casa. Hay tanto por terminar, se dice.

Un momento

El hombre que no me ama reposa su calma mirada en la lejanía, Atenea glauca.
¿Se acordará de mí?

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