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martes, 18 de octubre de 2016

Día de Poniente | Epílogo: Varsovia, 17 de octubre, entrada la noche

Dijo:
 

"Esta es mi casa. Sé bienvenido. Entra.
Sus muros vibran en azul y sal.
No hay habitación que el sol no haya refrescado, 

ni patio que el poniente no blanquee.
Pasa.
Abre las ventanas.
Recuéstate en ese rincón, que te meza el agua y su murmullo de plata.
Quédate."
 

Él entró.
Abrió las ventanas. Una a una.
Una suave brisa iluminó la estancia.
Dejó que el fresco le arrullara.

Y decidió olvidar la marcha para mañana.
O para cuando pasaran otros mañanas.
 

De esto ya hace mucho.

*** 

Amarillea el cielo.
Arrecia un viento cuyo nombre desconozco.
Ya no hay sol;
tampoco blanquean las esquinas de estos patios angostos.
Todo lo domina un gris continuo, como de aliento que desfallece.
Bloques y bloques de colores que me son ajenos se multiplican,
se superponen a la quebrada línea del horizonte, rota por ese centro que es de hormigón, cemento y hierro.
Ha vuelto el frío.
Y ayer, hoy, ayer,
ayer, qué sé yo,
él también se fue.

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